Viernes 17 de abril

Ayer pasó el churrero

 

Está incorporado hace tanto tiempo. Antes que le pusiesen dulce de leche en su interior. El churro es parte de una salida de sábado allá, en la primerísima Santa Fe sobre 1959. Madrugada, volver al café con leche de madrugada antes del sueño después de la fiesta, que ahora advertimos inocente y eso churros calientes un final a toda orquesta. Nada diferente de otros sitios. Llegué y estaban. Nada distinto a los años anteriores a mi existencia. No creo que comer churros haya sido inaugurado con mi memoria. El ombligo del mundo está fuera de mi. Los churros me acompañan desde que recuerde. Siguen.

“El churro es una masa a base de harina cocinada en aceite, una comida de las denominadas «frutas de sartén». Los churros son populares en España, Portugal, Francia, América Latina, Filipinas, Bélgica y algunas zonas de los Estados Unidos” Wikipedia

En los últimos 40 años del siglo XX y en estos primeros 20 años del Siglo XXI el churrero pasa soplando una bocina muy particular y vendiendo ” tortas fritas” y/o churros calientes. Tibios casi siempre y ojalá. Embadurnados con azúcar. Fritos y grasosos, azucarados y molestos, los churros son una forma especial de la incomodidad.  Son un sacrificio en pos de la felicidad. Componen un requisito del disconfort y el vicio admitido. Comí un churro en la calle. Mírame la cara, soy pecador y soy feliz y qué. Listo. Chau.

La pandemia que azota mi pago ayer tuvo un sonido de victoria, del artesanado sin un mango y sin espaldas, contra la partícula que trajo esta encerrona colectiva, este arreo sin distinguir pelo ni marca. Pasó el churrero. Un segundo de felicidad. No salí. Es un clásico, salís y ya se fue mas allá de la esquina. Acaso en esta oportunidad lo alcanzase, no lo sé, pero no salí. Cuarentena. Y libertad de trompeta churrera,

Por debajo va el río subterráneo de la economía informal, que sumaba cerca del 34% en Argentina antes de la pandemia, ahora no lo se pero mas sin dudas. Es esa la trompeta que suena.

Peluquero, panaderos que si un poquito pero no como antes, el peinador, el masajista. No hablamos de la indigencia y los muertos de hambre, que superan el 10%. Hablemos de los que llegaban al 30 de cada mes y arrancaban de nuevo. La profesora de “kalistenia”, reciclada como Pilates. Todos sobre un mes que terminaba al corte. Los empleos por hora. Es esa la trompeta que suena.

Oigamos este asunto como se debe oir. Oir se oyen en el histórico convento… No son sordos ruidos. Es el crujir de todo un edificio construido en el aire, poco mas que un castillo. Poco mas.

El coronavirus en este mes de cuarentena por pandemia y lejanas historias de hisopados, portadores pasivos o asintomáticos que se llevan el virus de aquí para allá, tiene el primer sonido de la calle, la que sólo vive cuando por sus veredas y su pavimento circula el día sanguíneo. No se porqué, cuando oí la trompeta indicando que pasaba el churrero, poniendo un tiempo que no existe al que ya, de por si, es un misterio, una convención, una ausencia en una celda perfecta, cadalso tremendo de las coordenadas, espacio y tiempo, donde solemos perdernos, me perdió. Pasó el churrero y estoy perdido. Este living donde resonaba la trompeta semejaba otro imaginado, leído en estos días de repaso, imaginado por quien de modo insuperable lo contaba, reflexionando sobre los tiempos paralelos; el del coronavirus, el de aquellos bailes en Santa Fe con la inocente orgía de churros calientes y ese living, aquel, el que el turco usaba para describir la eterna liviandad de lo posible, con o sin coronavirus.

“¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar “ahora”, pero al descubrir la extensión en el espacio de ese “ahora”, me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada “ahora”, y el resto del “ahora” no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo muy fugaz, como recuerdo.

Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose sobre los vidrios de la puerta del cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpiño vacío, relleno con un falso seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo.”

Juan José Saer (el texto es de Sombras sobre un vidrio esmerilado) quieras que no quiera el coronavirus, oía, imagino, oía esa trompeta del churrero pasando con el ayer por la puerta y no es una metáfora. Si salía hasta la vereda, tengo creencia firme en esta liturgia, ya no estaría. Siempre es así con la eternidad. Tan coqueta. Tan. Ni el coronavirus logra vencerla. El churrero lo demuestra.