Un delgado hilo rojo que se cortó

Estaba escuchando viejos temas de Miguel Saravia, raro personaje de la canción, con cierto atractivo por su modo personal de encarar temas que ya tenían versiones conocidas. Un “reversionador”. No es para un concierto, si para escuchar a ciertas horas con algunos temas.

La música de mis programas radiales la selecciono con el placer del sordo que es feliz escuchando música. Soy un periodista que no entiende el pentagrama, pero si lo que quisieron decir, al menos se imagina un mensaje. La música me mueve cosas y los poemas me soliviantan y transportan.

Una canción del archivo donde recurrí para seleccionar material de Miguel Saravia, ofertaba un tema del que no tenía precisado autor, y no la tenía en mis registros memoriosos como dicha por alguien.

El tema se llama Graciela Oscura. Su letra dice: “Yo soy Graciela oscura/ Al mundo entré descalza/Forzando la puerta falsa/De padres desconocidos/Yo soy un montón de trapos/Acunados por los sapos/Que croan en los baldíos/Yo soy… yo soy Graciela que crece/Entre manos que castigan/Entre voces tan amargas/Como las agrias ortigas- -Yo soy Graciela la chica/Que juega con las hormigas/En las tardes doloridas/ Yo soy… yo soy Graciela crecida/ Con los besos zaguaneros/Son las caricias, tatuajes/Que abren torpes senderos/Yo soy Graciela mal nombre/En las calles del recuerdo/En brazos del primer hombre/Yo soy… yo soy Graciela oscura”/Pеro en cuartos enviciados/Un motín de bocas duras/Mе dicen nombres prestados/Yo soy Graciela oscura/Yo soy Graciela oscura/Graciela… oscura…”

Al seguir por el senderito que me daba la versión de Saravia busqué ayuda para no tropezar. Lautaro, amigo y conductor de un programa de tango muy exitoso – por su capacidad – sostenía que la primera versión era la de Jorge Sobral. No discutí ni comprobé. El mundo giró para otro lado.

Egle Martin fue morocha, vedette, amiga de intelectuales y ella misma (lo sé por habérselo escuchado) una estudiosa de la negritud en el Río de la Plata, de los barcos esclavistas y la presencia del continente africano en el Montevideo aquel y en aquel Buenos Aires. Ella y Ortiz Oderigo. Respetables en sus análisis

El tango fue escrito pensando en ella como la intérprete. El músico Astor Pantaleón Piazzolla. El poema de Ulises Petit de Murat. El poema dice “Yo soy Graciela…” del mismo modo que años después otro tema musical de Piazzolla diría ”Yo soy María…” pero Ulises es al tango, al teatro y al cine nacional mucho mas que Ferrer y no es mi intención polemizar sobre cuestiones que no encuentro positivas.

Es positivo que el primer poeta al que enfrenta Piazzolla, por decisión de su primera esposa es Juan Carlos Lamadrid (el tango es Rosa Río) “ la rosa es una voz… y a la pared del viento, la lluvia trae adioses, fantasmas y diamantes del alcohol…” –perdón, estoy citando de memoria, después confrontaré con la señora Wikipedia – y que el mas importante poeta, el mas alto e incandescente punto de Astor es Los Pájaros Perdidos, poema de un verdadero poeta: Mario Trejo. Al tango con elpoema de Lamadrid lo canta Héctor de Rosas.

También sé que es con Ferrer que llega a una jugada popular diferente y que el Festival Iberoamericano de la Canción (1968/69) es un punto de cruce, en el Luna Park, entre el tango tradicional y cuadrado y eso que oferta Piazzolla.

Egle Martin enamora a Piazzolla y, como sucede con el amor, inspira pero ay, es otro amor el que remplaza a ese hermoso extravío de Astor por Egle, toda una personalidad, toda una súper personalidad de la porteñidad al palo; finalmente es la Baltar quien canta ése material de Ferrer. También es necesario destacar: Baltar es la pareja de Piazzolla en la vida diaria y nadie discute si desafina o no. Es cierto, desafina. Es cierto: interpreta.

Una muchacha analfabeta, de hecho muy pobre, naturalmente convertida en bataclana como salida laboral, figurita de revistas, mujer a como dé lugar, enamorada de un actor y capocómico que la deja tirada y la despecha finalmente es, a poco que la dejan, una actriz de carácter que se lleva bien con el perfil de Ana Magnani y otras actrices dramáticas del sitio que quieran. Finalmente ella es el Edipo de Buenos Aires. Pocas cosas he respetado tanto como la vida de ésa mujer. Canta, baila, opina, actúa, ejerce influencia cuando no existían “las influencers”. Já.

“Quien sabe porque razón me anda buscando ése nombre”… dice Borges. Quien sabe, en estas vidas pos Peste, quien sabe que razón hace que esa mujer cante ése tango. Laura Ana Merello, nace el 11 de octubre en un conventillo de la calle Defensa, en San Telmo. Padre colectivero, madre planchadora.

“Extraña ternura” es una película en blanco y negro de Argentina dirigida por Daniel Tinayre sobre el guion de Eduardo Borrás, según la novela Cette etrange tendresse, de Guy des Cars, que se estrenó el 24 de septiembre de 1964 y que tuvo como protagonistas a Egle Martin, José Cibrián, Norberto Suárez y Ernesto Bianco. Allí se canta el tema.

Está claro que ésa versión de la película es de Egle Martín, como también que poco después Tita estrena el tema con la orquesta de Carlos Figari.”… “Son las caricias, tatuajes/Que abren torpes senderos/Yo soy Graciela mal nombre/En las calles del recuerdo/En brazos del primer hombre/…

Nada pone las cosas en su sitio como la distancia. Hay un olvido sobre ésa reivindicación de género, sobre la versión de Tita (la dramatiza,  la recita, la dice como solo ella…) y sobre un Piazzolla distinto, mas primitivo, que buscaba cosas sin saber bien qué, ni hasta donde.

Un extraño hilo, acaso el hilo rojo que existe desde entonces, caramba, que parece que si, que existe, sirve para pasar de aquel Miguel Saravia (tiene una excelente versión de un bailecito que define Buenos Aires, llamado, “intitulado”… Si Buenos Aires no fuera así… con la letra de Eladia Blazquez, su autora musical, letra parecida pero diferente a las versiones posteriores) ese Saravia de peñas y madrugadas que canta a Piazzolla/Borges y Piazzolla Petit de Murat, que se enamora y escribe, y Tita Merello escucha y canta mientras Tinayre, en estos días solo el esposo de Mirtha Legrand, que ha logrado sobrevivirlo, filma con Egle Martin, insisten en vivir Juan Carlos Lamadrid, Ulises Petit de Murat, Jacinto Chiclana en primeras versiones, Graciela Oscura antes que se convirtiese en María de Buenos Aires, Ferrer, Mario Trejo, Ortiz Oderigo y África en el Río de la Plata, una historia que aún  hoy avergüenza y se esconde, mientras en ésa década, la del ’60,  llegaba “La píldora”, la Alianza para el Progreso, llorábamos el “se fueron” de Discépolo y Manzi y asistíamos al Perón Proscripto, al radicalismo con Don Arturo Illía y el Partido Militar con su primer gobierno (1966/1973) no entendíamos el Woodstock que luego por mas de 5 años veríamos en el trasnoche de los sábados en el SHA, nos desentendíamos de La balsa de Lito y ya estaban Alfonsín y sus contemporáneos…

Respiremos, ufff,  una vida agitada, casi sin respiración, casi un texto de Saer, por entonces demorado tras Cortázar y otros, a la par del boom de los libreros vendiendo material de escritores americanos, hacía toc-toc, para que lo leyesen, el mismísimo Rulfo…mientras asistíamos al periodismo y un estilo: “primeraplanístico”

En algún momento ése hilo se cortó. Ni Alfonsín, Balbín, Perón, Revista Primera Plana, Borges, Illía, Partido Militar, Balada para un loco, Tita Merello, Tinayre, La Balsa, Woodstock, se insiste: ése hilo rojo, delgado y tan firme como que era cultural, de pensamientos y confrontaciones, se perdió.

Un delgado hilo rojo que nos ataba al ayer, nos mantenía en el hoy por hoy y nos obligaba a sostenerlo, para que no se corte hacia el mañana, ya no está.

Me vence la tentación de citar uno de los primeros blues argentinos, escrito en la década del ’40 y que ya anunciaba la tristeza: “Vagos con halagos de bohemia mundanal. Pobres sin más cobres que el anhelo de triunfar, ablandan el camino de la espera con la sangre toda llena de cortados, en la mesa de algún bar… Calle como valle de monedas para el pan”… Homero Aldo Expósito y Domingo Serafín Federico.

Mientras esperamos todos – de un modo u otro — las elecciones primarias tan cercanas, tan incapacitadas para preparar un salto hacia arriba y, por tanto,  definitorias de nuestro actual perfil de país, de ciudad, de sociedad, no resisto a la tentación, lo repito, y me siento parte de un viejo blue: “Llantos hechos cantos pa’ vendernos un amor. Mercado de las tristes alegrías… Cambalache de caricias donde cuelgan la ilusión”…

En la década del ’60 teníamos eso: ilusiones. En estos años vale la canción de Expósito y Federico: Tristezas de la Calle Corrientes. Fue estrenada en el 1942.