Tardecita

“¿Cómo te fue en la escuela?”, “Mmmm”, ¿Cómo te fue en la escuela?”, “Mmmm”. A uno le había ido mal en la escuela pero quería tomar el tazón de mate cocido feliz, porque estaba allí -y eso era una ceremonia – ojo, ahora advierte uno que era una ceremonia, pero en ese momento uno estaba adentro de esa misa -y no quería jorobar a la vieja porque lo había preparado. De la calle llegaba, como rebotando por los vericuetos de una pieza y de otra, el sonido de los que afuera seguían jugando.

Uno tenía que terminar el mate cocido, terminarlo todo, y comerse todo el pan, que “te puse ahí, lo calenté para vos, comé, comé”. Toda el alma quería salir a jugar. Y cuando salía, porque decía “bueno chau, terminé”, aparecía el mensaje: “bueno, ojo con andar corriendo, andá despacio que recién terminaste de tomarla leche” ( que no era leche, no siempre era leche) uno salía a la puerta con la panza llena, llena finalmente de agua y pan. Panza llena de agua y pan, azúcar, manteca, colador y vieja, y cuchara abollada de tanto golpearla -las cucharas se abollaban en el medio porque se volvían delgadas y las seguíamos usando- y premura, el mundo esperaba fuera ya, ya mismo.  En la puerta una mezcla rarísima de panza llena, corazón contento, y un cachito así de culpa, porque alguno de los que estaba jugando, seguro, seguro, no tenía quien lo llamara a tomar el mate cocido y otro, seguro, seguro, tenía quien, pero no tenía con qué llamarlo a tomar el mate cocido. Che, deberíamos conservar una cuchara sopera abollada para que se sepa que alguna vez fuimos eso tan lindo y lejano: pobres sin culpa. Sin rencor. El camino estaba delante.

.¿Y sabe qué? En esos inviernos nunca hubo frío. Siempre hubo una llamada a la tardecita. A veces ahora, ya de veterano, no sé, porque todos los recuerdos y las sombras son fantasmas, uno siente como si le picara dentro del oído algo. No es pero es, es un llamado que no va a venir. Cuando siente eso, también siente que hay algo que todavía permanece, es esa pequeña culpa porque hay alguien a quien no lo van a llamar a tomar el mate cocido, y alguien que tiene quien lo llame pero en esa casa ya no hay ni para tomar el mate cocido. Pero eso es casi, casi, un tema político. La política, se sabe, no es nostalgia. Se abusa de ella, es otra cosa.