Pollo

Justo Palacios, el Pollo Palacios era bajo y tenía dos voces, una tranquila, cuando hablaba y una más alta, chillona, cuando se enojaba. Un personaje el Pollo. Era periodista. Se lo encontraba en una mitológica redacción. En sus años rosarinos fue uno de los que verdaderamente tuvo trato profesional con Agatha Galiffi, la fenomenal estrella de la mafia. De aquella del siglo 20, que hoy sería lo que es, una mafia de opereta, de teatro, de cine, de Corleone, como Marlon Brando. Alfredo Serra, “el pingüino”, el pollo y yo nos disputamos haber hecho la nota con Agatha. Bellísimo rostro. Bella. Peligrosa, como toda belleza.

Hoy las mafias son otra cosa. Qué no daría por oír al Pollo en la redacción de La Tribuna contando de las mafias de la droga con esa voz suya, tan vehemente. Y su enojo. El Pollo era un tipo cabrón, un buen cabrón. En la redacción de La Tribuna el Pollo era uno más de una fauna que merece la evocación. El gordo Schwind, el colorado Di Marco, el fotógrafo que trajo, en un grabador Geloso de cinta abierta, las instrucciones de Perón para estos pagos en aquellos años. Nos reuníamos a escuchar al Viejo. Juá. Qué años. Clandestinidad para escuchar una cinta de Perón mandando saludos a sus muchachos. Juá. Es cierto y aplicable. Perón… a cuantos les habrá dicho lo mismo. Dábale arroz a la zorra el Abad. Neuquén. Perón es eso. Un palindroma. Se puede leer del derecho y del revés. Osinde y Firmenich.

Por los dueños  el diario era de tendencia Demócrata Progresista. Declarado. Pero nadie se daba cuenta. Era un diario de la tarde, un diario ―como se decía entonces― “caliente”. Los diarios ayer y hoy y mañana, tienen tendencia. La Tribuna tenía tendencia a contar las cosas de la ciudad. En la redacción Eduardo González Garrido, el más atildado y mas RR.PP. Nacho Villamil, el viejo Efrom, acaso el más longevo periodista que conocí. El hermano de Paloma Efrom que tuvo otro nombre y un marido poeta. La gaucha judía se hacía llamar Blackie y fue una genia. Y Reynaldo Svend Segovia haciendo del periodismo su vida. Recortando papelitos, emparchando notas, acomodando el texto para que entre un aviso, bienvenidos los avisos, decía. A Svend le avisaban de los conunicados tomando autoría de los atentados todos los frupos “terro”. Era creíble, que quiere decir que transmitía lo que ellos le mandaban. Aún hoy para aquellos “terros” creíble es el que cuenta lo que ellos dicen. Grueso error.

En La Tribuna, diario provinciano, salían, hasta el invierno, las fotos de las niñas disfrazadas, las mascaritas de carnaval. Eran años de Carnaval y Semana Santa. Viernes de Gloria, Sábado de Resurrección. Mi Careme.

El Pollo usaba saco y lápiz en el bolsillo del pañuelo. Una vez llegó tarde, se había bajado del tranvía para tomar los datos de un choque. Libretita. Lápiz. Una de las más preciadas libretitas era de un fin  de año, o casi. Hace mucho. El estaba en La Habana cuando llegó Fidel. Pocos periodistas. Argentino uno solo. El Pollo Palacios. Una vez la trajo. Ajada libreta. Mostró la página del día de gloria: “Llegó Fidel”, decía. Letra grande y despareja. Por irreverentes sonreímos. Parecía poco. Je, je. Por años me acompañó la frasecita “Llegó Fidel”. Una frase de nada. El Pollo estuvo. No fue poco. Ni fue una frase. Fue todo. Me costó una vida entender el  modo anilina en los estanques de aquella frase. No era mas que eso. Fue todo. Llegó Fidel. Que periodista el Pollo.