No hacía falta Francisco, no hacía falta…

…gracias igual. Una carta suya siempre es bienvenida. No hay muchas. Ni tan claras. Se nota en Usted el “animal político”, aquel que, según cuentan los libros del tema, definía Aristóteles. Usted ha sido un “guardián”, como se le decía a los militantes de “Guardia de Hierro”, un sector muy lector dentro de los movimiento de juventudes que se referenciaban en Perón entre 1960 y 1970, aproximadamente.

En los finales de marzo, hace pocos días, el último lunes de marzo le dije que se acercase a un altísimo funcionario de la Municipalidad de Rosario; la invitación era a tomar unos mates en mi casa. Desde “la muni” a mi domicilio hay, con exactitud, 180 pasos. El Monumento a la Bandera está a 250 y el Concejo Municipal a 280. Los he contado sin usar el sistema de relojería que avisa cuantos pasos se dan por día. Recuerdo que en una imitación de los dos Papados, un film con poca gloria y mucha pena, uno de los personajes tenía un reloj que contaba los pasos. Lo mío es mas elemental. Cuento en silencio.

La respuesta, casi textual, merece que la transcriba: “ pero Bigote, sos un periodista de fuste, de nota, vos viste en los despelotes en los que estamos, la situación en la que estamos, sinceramente no puedo ir…”

Hay un reconocimiento elemental: no abandona ninguna de sus ocupaciones por una charla conmigo. No tengo tal alto precio. Es necesario asumirse como pedrusco, que no una dura piedra con la que no conviene tropezar. Hay otro viraje en su respuesta (fue mensaje oral, lo conservo) y es la definitiva burla sobre mi trabajo. Periodista de fuste. Periodista de nota. Vamos… Pero donde hice el centro de la escucha atenta fue en la situación que sostenía que vivía, que vivíamos. Una segura referencia a las huelgas de transporte y las amenazas narcos. Es evidente que eran carne en sus acciones estos gestos de una sociedad que se ha desencontrado. No fue su culpa, la asume igual. Pobre. Cuánto debe sufrir.

Leyéndolo, y teniendo en claro la aflicción, se cruzaron por mis recuerdos cosas de un viejo peronismo que nos unía a todos. “Guardianes”, “Fenicios”, “Trasvasamiento”, la revista Cristianismo y Revolución, hasta Juventud Peronista Revolucionaria (JPR) y las primeras estribaciones de Montoneros. De todo aparece en los recuerdos, tan lejanos, y sin embargo bailando todavía.

Todo el que piensa sufre y se aflige por si y por los demás. La inversa también es válida. Aparecieron, como suelen suceder en estos casos, otros sufrimientos. Pensé en el hijo de José González Castillo, aquel que debía llevar por buen nombre “Descanso Dominical” Castillo. No pudo ser anotado con tanta exigencia militante y su padre terminó llamándolo Cátulo. Ovidio Cátulo González Castillo. Nació el mismo día que mi vieja, un 6 de agosto. Cátulo en el 1906, mi vieja en el 1909.

La pelea por el descanso dominical para empleados aparecería 100 años después con igual vehemencia. El descanso dominical dio origen a muchos clubes de barrio y la canasta de los domingos para un encuentro social y proletario.

Cátulo tuvo momentos difíciles escribiendo cartas. El 3 de mayo de 1951 y el 23 de diciembre del mismo año. Primero muere Manzi dueño de un tema inmortal: Che, Bandoneón. Después Discépolo, el mismo de Uno, otro tema inmortal. Solo para distraerme, agrego que Cátulo es autor de Desencuentro y el bandoneonista Troilo, que escribe con Manzi y Castillo, es el autor del mas impresionante gerundio que escuché en mi vida, que es mucha. Troilo recita: “alguien dice que me fui de mi barrio, pero cuando, cuando… si siempre estoy llegando…” En esos cuatro temas está todo.

Escribo y lagrimeo un poquito en la soledad del ordenador y yo. La poesía, si se le mete dentro, tiene eso Francisco: tiene una lagrimita.

Seguramente sobre una lechería (cafetería que también vendía la leche tibia con la barrita de chocolate) a media cuadra de Florida, sobre el mismísimo centro de Buenos Aires yo las vi, tomando un desayuno, a las mujeres que Cátulo ubica olvidándose (ellas) de Discépolo; él no. Esas o sus parientas, saliendo de la misma función… (Usted me entiende, ¿no?)

Cátulo, en la primera estrofa de la despedida a Discépolo dice:” Sobre el mármol helado, migas de medialuna y una mujer absurda que come en un rincón … Tu musa está sangrando y ella se desayuna … el alba no perdona, no tiene corazón. Al fin, ¿quién es culpable de la vida grotesca y del alma manchada con sangre de carmín? Mejor es que salgamos antes de que amanezca, antes de que lloremos, ¡viejo Discepolín!”

Remito mis dolores de estos días, que también lo conmueven, don Francisco, a la pregunta que se hace Cátulo Castillo: “al fin, ¿quien es culpable de la vida grotesca?”. La manera en que subraya el grotesco lleva al Gran Guignol: “el alma manchada con sangre de carmín”.

Vivir en esta ciudad es claramente doloroso. Los días como flechas, según decía Miguel Ángel Asturias, traen problemas, desconsuelos, muertes y acaso el funcionario que no me podía atender estaba en la mitad de ésa aflicción: una vida grotesca y la sangre de carmín porque convengamos: Usted se aflige por Rosario y está bien, se agradece, pero por mas que rece, estimado, conocido y respetado Papa, el asunto es de tal magnitud que mucho me temo que no es la religión el único camino aunque se debe remarcar: los curitas villeros, los pastores y los jerarcas de la droga están en esos sitios dejados de la mano de Dios… y disculpe por la frase hecha, se me escapó.

En estos días como flechas estamos en infinita “solitudine”. Sin colectivos, sin maestros, sin combustible por las noches, con las luces encendidas pero las mesas vacías los restaurantes no tienen ni migas de medialunas. Los hospitales atienden a puerta cerrada. También está claro que no lo resuelve una intendencia. En ese sentido lo suyo es clarito. Parece un Beatle: Todos juntos ahora.

Cátulo cuando despidió a Manzi usó el paisaje:” fueron años de cercos y glicinas”…. Y esa frase fenomenal: “tirabas madrugadas por los ojos”. Con Discépolo es otra cosa. En la segunda estrofa dice: “Conozco de tu largo aburrimiento y comprendo lo que cuesta ser feliz, y al son de cada tango te presiento, con tu talento enorme y tu nariz; con tu lágrima amarga y escondida, con tu careta pálida de clown, y con esa sonrisa entristecida que florece en verso y en canción”. Francisco disculpe, cuando usted se ríe como estos Discépolos, tan italianos, tan hijos del viejo que inspiró a la obra Stéfano escrita por Armando, el hermano, y lo miro a Usted en fotos y qué quiere que le diga: Usted es un hijo de ése viejo italiano. A Usted, si estuviese en Rosario, le pasaría eso: cómo cumplir el sueño fracasado de Stéfano, de la gran obra, cómo… y sonreiría como Cátulo dice que sonreía Discepolín: sonrisa entristecida. Es su cara la que veo, Francisco.

En la tercera estrofa el tema se define: “La gente se te arrima con su montón de penas y tú las acaricias casi con un temblor… Te duele como propia la cicatriz ajena: aquél no tuvo suerte y ésta no tuvo amor. La pista se ha poblado al ruido de la orquesta, se abrazan bajo el foco muñecos de aserrín… ¿No ves que están bailando?¿No ves que están de fiesta? Vamos, que todo duele, viejo Discepolín”…

Le duele todo, Francisco. Lo comprendo. Usted siente como propias las cicatrices ajenas. Es su misión conmoverse. Ojalá lo escuchen primero en La Catedral. Después en la Presidencia, también en la Gobernación y, desde luego, en la Intendencia. Finalmente: deberían escucharlo todos los actores de la sociedad a los que usted menciona: “…sin complicidades del poder político, policial, judicial, económico y financiero no sería posible llegar a la situación en la que se encuentra Rosario”.

Es evidente que no hacía falta su carta, Francisco: todos callan, los diarios la olvidaron. El periodismo escribe para otro lado. No se lee en las iglesias su palabra ni la mencionan los políticos. Es extraño, la consideraba importante y parece que no, que no es así, que no fue así.

Si quiere cantar a Discépolo lo acompaño. La frase clave es esta:…”si yo tuviera un corazón…” esa es de Enrique Santos Discépolo.. Parecería que por estos pagos se ha perdido el rumbo, Cátulo marca el camino: “vamos que todo duele, viejo Discepolín”… Arranque, yo lo sigo. Somos viejos, vamos despacio.