“ Mal, pero acostumbrao”…

La vieja frase de escenario, de un cómico que actuaba disfrazado de criollo, ante la pregunta de cómo andaba, cae bien, me cae bien. Así estoy.

Esta es una reflexión con asuntos referenciales, autoreferenciales, soy uno en la muchedumbre. Entiendo que no soy el único. Hecha la advertencia sigo…

“…hola, hola…/ papá me asaltaron”… ( la llamada por el teléfono de línea a las 01,45 del lunes, un pos domingo con  lunes feriado, llamaba la atención, uno tiene hijos en varios sitios del planeta, no silencia la campanilla del teléfono)…

”¿Quién habla?/ yo papá quien va a ser…: papá, me asaltaron/ estás herida/ no papá, me asaltaron, me robaron todo…/ los documentos también…/ todo papá… cuántos dólares tenés en casa…/¿ dólares?…/ si papá / uff, un montón, un montonazo/…

Allí se cortó la comunicación. Ya era evidente que no contestaba según el criterio de los asaltos telefónicos. Cortó.

Sé distinguir voces. Estaba ante una voz adiestrada. Con un tono entre nervioso y perentorio y digamos, profesional. Fueron 80 segundos, un minuto y 20 el total.

Serían 20 llamados por hora, en dos horas suman 40 llamados por día, 400 llamados en 10 días. Uno que “caiga” y el mes está hecho. Desde donde… ah… menos averigua Dios y perdona.

Hablando de mis hijos. Ninguno habla por teléfono en la calle, ninguno lleva la mochila en la espalda, ninguno se distrae y todos suben a los colectivos mirando a los dos lados, no sonríen a quien no conocen, ni hablan con desconocidos, ni llevan dinero en los bolsillos. La alegría callejera es un bien social en desuso.

En la calle en que vivo, frente a mi domicilio hay, de una parte, un estudio de profesionales (abogados y escribanos) y de la otra una Entidad Corporativa que allí tiene su sede central.

Al menos tres veces por semana una de las dos alarmas suena, comienza a cumplir su función. Alarmar. Alertar

Con un volumen alto del parlante que la amplifica se la oye en las madrugadas. Suenan el tiempo necesario para despertar a todos los habitantes de la cuadra. Se encienden luces. Alguien insultará en voz baja.

Si suena la alarma una vez y se apaga a los pocos minutos, si, a los pocos minutos, los vecinos sabemos que ésa noche volverá a sonar, a “dispararse”, a que se suelte algo y suene, sin  compasión, sin piedad, alertando. Una alarma a repetición.

Vivo a tres cuadras de los Leones de la Muni y la entrada de La Catedral. No es una zona descampada.

La entrada de mi casa tiene 3 escalones. Todas las manifestaciones los usan, porque todas las manifestaciones pasan por la puerta de mi casa y allí descansan, beben un trago, cambian los pañales de algún chico, dejan botellas vacías, siguen hacia la Muni y el Monumento. Suelo encontrar “regalos” en los escalones.

Me niego a las cámaras personales privadas. Me niego a los reflectores personales iluminando ante los movimientos que los sensores detectan.

Hay luces en esa cuadra. Hay un negocio rarísimo en la vereda de enfrente, abierto e iluminado en la noche, cuando paran motitos de “deliveris” (permítame ésa palabra) a buscar algo, no se qué… pero hay luces y hay gente. Vivo en mitad del corazón de la ciudad. No es una casa en lo alto de la montaña.

Antes de La Peste, sabiendo que una inscripción anual trae en cada temporada más de mil chicos con sus padres, y que en los escalones descansarán esperando que los llamen a inscribirse, decidimos poner una reja lo más legal posible, con corredera y deslizamiento paralelo a la pared y sobre la línea de edificación. La empujan, la tironean, la descalibran, se desliza sobre un riel propio que a poco se tuerce.

Se vuelve dura la reja, la abrimos por la mañana y la cerramos en la noche. Fuerza cansadora exige la reja. Para ahorrar en disgustos por el peso excesivo que adquiere al desequilibrarse, y porque cuesta dinero que venga el técnico en puertas y herrajes a equilibrarla cuando ya no puede más de chueca, se abre una sola vez al día y allí se queda hasta la noche.

Se sientan igual, dejan botellas igual, una reja abierta no sirve para nada y cerrada es una molestia para la vida diaria porque… no es un descampado y de la casa entramos y salimos varias veces.

Con la reja abierta en los últimos tres años por 5 veces hubo que cambiar la cerradura de la puerta de calle.

Linda puerta. Por fuera un pomo de bronce que fue robado, después un picaporte, que fue robado, su remplazo también, en la cuarta vez con cambio de cerradura porque “se descalibró el tambor, esta cerradura no va mas”…(dijo el cerrajero) después de probar con limaduras de grafito (“una verdadera maravilla como cura las cerraduras, créame, pero esta no va mas…”)

En cada robo se rompe la madera, se destripa alrededor de los tornillos, la puerta se despinta y arruina pero, qué hacer… resignación y dinero, para acomodarla.

Este jueves pasado, por la tarde, entró el último de mis amigos a las 18,50 para una reunión de trabajo. A las 20,45 el primero en marcharse pidió la llave y abrió ( hay dos cerraduras, una a la altura de todas y otra alta, solo llave, sin picaporte, ambas con las trabas de cilindros que atraviesan el marco). Volvió para advertir: otra vez te reventaron la puerta, se robaron el picaporte exterior…

Ya no es bronce, es apenas de metal. Otra vez destriparon la madera, dejaron los tornillos en el aire, se llevaron un trozo de metal de segunda categoría sin ninguna utilidad, no es bronce, es metal, algo de metal.

Un cerrajero de urgencia… y de confianza dijo “si puede cerrar y abrir aguante hasta mañana, estoy con otro trabajo, no puedo llegar antes de las 23, un garage que le reventaron el automático que levanta la puerta, Usted…¿puede aguantar?…”

Es la madrugada, escribo esta nota autoreferencial sabiendo que por la mañana alguien me va a preguntar “que tal, como andás…”

El repartidor de diarios tira por debajo de la puerta el periódico, lo oigo, salgo a buscar el ejemplar, me pregunta qué pasa, sonríe, dice “otra vez, já”, menea la cabeza. Se va.

El diario dice, en el diario se lee: ”Fonavi de Rouillon y Seguí: Mataron a dos chicos de 14 y 15 años en un brutal ataque a tiros”.

La cerradura parecía mucho, no es nada. A la actualidad nadie se le anima a encontrarle una explicación.

Cuando me pregunten como andás, como estás, sé que voy a contestar como el cómico: “mal, pero acostumbrao”… pero créame, no es broma.