Lunes 6 Martes 7 – Empezamos a cazar brujas

En Argentina, en esta semana de abril del 2020, en mi pago y por la peste, se han desatado crueles fantasmas de nuestra cabeza. Debería haber otros, mas buenos, pero los felices fantasmas parecen en retirada en estos días. Muy escondidos. Muy atrás.

Desde el fin de semana rondan por las cabezas gobernantes (nunca solas, siempre mal acompañadas) rondan dos cuestiones que parecen menudas o dislocadas pero asustan. Estamos empezando Semana Santa. El catolicismo. Las otras religiones algo evocan. Todas son cercanas. Es demasiado infeliz la casualidad, pero allí está. No creo en las casualidades, creo en el espanto como creía Borges, el espanto es un ungüento infalible para unirnos.

Una cuestión que podríamos calificar de tremenda es que, en los pueblos, los intendentes y presidentes comunales juzguen los costos de los productos de primera necesidad y castiguen con el bate de béisbol, aquello que existía en el primer peronismo y se llamaba “Agio y Especulación”. Durante el primer peronismo (1946 /1955) había una secretaria específica: de Agio y Especulación. No al mayorista, no al fabricante, no al distribuidor, no a la posición dominante. Si al que lo vende a un precio superior al promedio. Qué promedio. El que indicaba alguien, en algún lugar, antes de La Peste. Arbitrariedad absoluta. El brujo sube el precio de venta, el bueno no.

La vida se reduce a un antes, por ahora un durante, algún día un después de La Peste. Estas son leyes (DNU) para respirar, con barbijo, el durante. Un enfermo con fiebre (El Estado) decide sobre el carácter y el origen de la fiebre. El Estado que dejó, que tenía todos los cabos sueltos, intenta atarlos con una ley (perdón: DNU) que curará la fiebre. Nos salvará de todo mal. Un DNU como un rezo laico.

Premios y castigos en manos de los intendentes. Cómo son los intendentes…Sacrificados. Estoicos. Esforzados. Coimeros, extravagantes, insólidos e insólitos, ignorantes y personalísimos, diferentes y particulares, son muy distintos los intendentes que decidirían, en cada pueblo, sobre el precio del kilogramo de azúcar, fideos, aceite, harina, yerba y, acaso, garbanzos, lentejas y, como corresponde: harina de maíz. Ignoro la razón pero con el agregado de jabón y detergente esto traen los donantes a los bancos de alimentos y esto se supone que compran y venden los minoristas, aún en tiempos de La Peste. Y leche en polvo, aún cuando no se tenga agua potable y fuego.

Los intendentes sabrán quien es el diablo, quien el bueno, quien el culpable de aumentar el costo de la lata de garbanzos. Cito a mi abuela, que en un respingo diría: ”…Jesús…María… y José” como la definición del imposible, el absoluto y el sálvese quien pueda. Según mi abuela.

Las brujas de Salem o El crisol (en inglés: The Crucible, por el crisol, recipiente donde se vierten los metales en fundición) es una obra de teatro de Arthur Miller escrita en 1952 y estrenada en 1953 ganadora del Premio Tony. Está basada en los hechos que rodearon a los juicios de brujas de Salem, Massachusetts, en 1692. Miller escribió sobre el evento como una alegoría de la fiebre persecutoria y represión “macarthista” de los años 1950. La obra se publica en 1953. No ha cesado. Joseph Raymond McCarthy el senador que perseguía a los comunistas. Tampoco ha cesado. Abigail el nombre de la protagonista. Pocos la recuerdan.

Los almaceneros viven todos en Salem. Nosotros en el condado correspondiente de Masachussetts. Ojalá en Yoknapatawpha, pero esa es otra literatura. Además con negros.

En estos días de La Peste en mi pago apareció la fiebre del dinero. En el 1926 Enrique Discépolo escribía: “la Panza es reina y el dinero es Dios” . el dinero, se sabe, es una convención, un pacto, un “te creemos hermano…” y compramos, vendemos, pactamos. El dinero está quieto y escondido, solapado, al socaire o peor, a merced del sotavento.

En una ciudad todo se compra y todo se vende y quien no encuentra dinero para comprar o algo para vender está como un velero sin viento en altamar: quieto al cuete. El gobierno está pensando, en mitad de la fiebre que trae La Peste, que todos aquellos dineros (recolectados antes, para atrás) bien o mal habidos pero escondidos y luego declarados, estamos hablando de los “declarados”, pueden ser sujeto de un impuestazo o mejor, de una mini expropiación. Ni bien ni mal. Cambio de leyes hacia atrás. No hay árboles, hay bosques de jurisprudencia en este asunto. El bosque protege el pasado. Estamos talando el bosque.

El dinero, el sueldo, el sueldo que desaparece, el bolsillo que se vacía, el que dirán que crece, el cómo llego a fin de mes que se convierte en la mochila en su lugar: la espalda, define el mandato social, el relato familiar, el paisaje de la sociedad. La Peste pide, para quienes quieren esquivarla y que no nos mate, que no nos mate tanto, escondernos, guarecernos y lavarnos. No hay vacuna. Hay prevención. Los empresarios insisten: nos están matando al no comprar ni vender, no producir ni “estockear”. Se enmohece, se humedece el libre del Debe y el Haber. Todos entienden a Arthur Miller.

Su consagración definitiva (nos referimos a Miller) se produce en 1949, con “La muerte de un viajante”, en la que denuncia el carácter ilusorio del sueño americano. En esta tragedia, su protagonista, Willy Loman, un viajante de comercio (vendedor) que creía en el sueño americano, oculta a sus allegados sus fracasos en su empleo y, tras ser despedido, se estrella con su coche para que su familia pudiese cobrar su seguro de vida y su hijo tuviese una vida mejor que la suya. En 1988 Miller declararía: Jamás imaginé que adquiriría las proporciones que ha tenido. Era una obra literal sobre un vendedor, pero luego se convirtió en un mito, no sólo aquí, sino en otras muchas partes del mundo. El tema es el fin del sueño americano, el fin de las mentiras sobre el empleo y la compulsión que trae. Y las relaciones humanas, claro está.

La obra de Arthur Miller cuenta la historia del comercio en yankilandia profunda en el pos Guerra Mundial. Es eso. Cuenta la leyenda, que no es leyenda, que Marilyn Monroe lo miraba a Arthur Miller y le decía: “… dime algo de lo que sabes…”. Infinita desesperación del autor militante. Contar una vida es un teatro de lo imposible, de eso se trata. Para ella el saber era poder contar. La rubia aquella, que está en la mitología, el arquetipo y el paradigma de un siglo que se fue, el asunto era sencillo. Si lo sabés… contámelo. Equivocada, lo que se dice equivocada no estaba. Es, si se entienden los escorzos del alma, una versión blonda de lo elemental: el pueblo quiere saber de qué se trata.