Las aspas sentadas el corazón volando

Llovía sobre la costa marplatense, el viento cruzaba el Boulevard Marítimo y había que llegarse, con el viento y la lluvia en contra, hasta el refugio de la Recova para, por el costadito, acceder al Teatro Auditorium. Fuimos por una obligación contractual, el contrato con Susana Rinaldi es de inquilinos y propietarios de un mandato que nadie quiere romper, solo que a veces el viento arrecia y nadie es nuevo en este tránsito vital, entre los que quieren a Susana; tal vez los músicos, todos jóvenes, pero las canciones son las del alma, un alma que canta. Las almas, por construcción no tienen edad, no tienen horario. Son almas. Fuimos. Hay que ir. Con la Tana siempre hay que estar.

Ese molino de El Quijote tenía las cuatro aspas que el viento agitaba y allí arremetía el caballero – pienso yo que aquello debía ser como lo cuenta quien lo escribió – en una aventura inusitada contra un gigante quieto y que despertarlo era la tarea del sujeto que, en un flaco Rocinante, en un escuálido rocín, avanzaba y esas aspas serían parte del juego y claro que lo eran, el juego era el juego en el que se ensañaba la memoria y el escarnio de Cervantes – finalmente un halago – y esas aspas, aquellas, vueltas, repuestas por Susana, estaban en el escenario tanto tiempo, dando vueltas, agitando los vientos, haciendo un ida y vuelta entre la quietud de la escenografía, las luces, el ridículo de las aspas moviéndose para despertar a los caídos, levantar a los dormidos, volver oidores a los sordos y decir: esto que canto es una vida, es un  país es una forma de recordar qué cosa fuimos, “vamos ya” vamos a elegir lo mejor y empezar de nuevo y lo mejor es -según se recuerda-  la poesía, versos como flechas, esas manos como aspas de Susana en el escenario, en tanto escenarios que buscaban, recibían la poesía, la hacían subir por sus brazos y agitarse, volverse un robot y desacoplarse y después elevarse en un piolín o mirar, con esos ojos y las manos quietas el duende de algún son, che, bandoneón con Manzi, el barbeta diciendo gracias, o Catulo de gerundios relleno sonriendo, sintiendo algo dentro, diciendo por fin alguien que vuelve a leernos y cantar por fin, por fin señor, que tanto tiempo estuvimos en la siesta de una ciudad que parecía llenarse de olvidos y ya se sabe: los olvidos no tienen perdón ni se dan cuenta es por eso que yo, señor, culpable de volverla quijotesca vindico, contra ese olvido, las manos de La Tana que siempre se movían, acompañaban, el resto era su oficio de trovadora, de artista, de persona que excedía ese cuerpo desgarbado y su manera de entender el día. Yo se que no estoy diciendo nada con estas palabras, porque un intento de poesía  mal parada, en este siglo sin palabras reveladas, es poco para contar una vida es poco y sin embargo en lo que recuerdo la Tana ha sido mucho, che, muchacho, muchacha, es la que trajo otra vez algunos versos preferidos, les dio sentido, los dijo como se debía peleando con canciones para hombres desde su modo de vivir sin concesiones y la quise y la quiero ver así, que tanto, que embromar, caramba, y en esta noche que la veo sentada advierto que mueve sus manos pero es y no es lo mismo y siguen sus riñones diciendo escuchen, escuchen, deben leer a los poetas, escuchar la música es la vida viva, una jodida vida en estos años, la que no sirve si es callada y es esta vida la que existe y sirve si tiene lo elemental,  la música, el verso y es por eso que sigo aquí como corresponde, como deberían todos los que creen que un poema es importante y que tiene razón Borges, que duramos menos que la vana melodía que parece broma, la melodía de un tango que el descarta pero es mentira, el rescata y escribió con esa música sus milongas y ese capricho que lo seguía, el tango, y tras de Borges los que estaban. los que vinieron, los que convoca la Tana en este concierto, sentada en su sillita diciendo de sus amores, contando que viene con sus fantasmas, já, como si uno no supiera que quien piensa de solo pensar viaja con  todos su fantasmas, que son estos los que obligan a mover las manos como aspas y poner los riñones en el canto, que cuando las luces lo indican, desde el fondo dicen dieron sala y comienza la función de nada  sirve ya está, de nada sirve decirle a los fantasmas que se vayan porque les pertenece, es de ellos resultan propietarios del escenario, la respiración, ése instante en que la mente se pierde esperando que llegue el compás que da la entrada y que empiece la misa sin mas cruces que los muertos, que los fantasmas – los dueños del instante infinito – llamando para que digan presente todos ellos en conjura advirtiendo sin dobleces: Tana aquí estamos, volvemos, somos nosotros los tuyos, los de tantos, no hay quien mate los recuerdos salvo el dueño y no siempre y vos, ahora solo vos sos dueña de los recuerdos preferidos de tantos que aún están, que se vienen de todas partes a escuchar esa voz tan rara y esas manos y esa altura, esa polenta, esos riñones que vuelan, que dejan las manos quietas en la silla y se van volando – como siempre – a la casa del Ángel, su Botica, al conservatorio, a la vieja Inés, a tantas cosas que allí están cuando Gardel, Discépolo, Eladia, Trejo se plantan con sus versos. No estuvieron esta noche ni Manzi ni Catulo y cerró la actuación un yuyo verde que podría decirse, con el respeto de los pedidos a quien manda, sino lo llamaste, no hiciste que volviese para que se sepa que hay pócimas donde el callejón se pierde.

Te levantaste, saliste de escena, quedó Cuacci juntando partituras desordenadas, alteradas, cambiadas de lugar en el recital y los promeseros que vinieron hasta ese teatro cruzaron los dedos llevándose la misma frase: volveremos cuando llames a cantar, contar, decir y recordarnos que es la palabra, la música y la memoria, la que pone viva una nación, un  pueblo, esos brazos como aspas y esos riñones que siguen y siguen volando buscando el no-se-qué de la esperanza que oigan, que oigan esta canción estos versos que al final son un silicio o mejor, el sacrificio de la misa que vinieron/vinimos a compartir una vez mas y la conjura y lo dicho: los fantasmas que ahí están, entre bambalinas, esperando la próxima.

Nació el 25 de diciembre de 1935, hija de Inés Rinaldi, actriz. En 1946 Susana Natividad Rinaldi estudió canto de cámara en el Conservatorio Nacional de Música y en 1955 ingresó al que hoy es la Escuela Nacional de Arte Dramático Antonio Cunil Cabanellas, estudiando dos años.  En 1969 debutó como cantante de tangos en el mítico reducto La botica del Ángel del barrio de San Telmo capitaneada por Eduardo Bergara Leumann, iniciando así una carrera paralela que fue consagratoria (Wikipedia dice lo suyo)

En la noche estuvieron como ayudantes de los fantasmas: Luis Reales (piano), Juan Pablo Emanuel Gez Carballo (concertino), Gustavo Vajsejtl, Matías Ortiz Jara, Rubén Montoya y Juan Manuel Ribas (violines), Lidia Navone y Milagros Cepeda Barzola (violas), María Ernestina Cepeda Barzola y Federico Dalmacio (cellos), Pedro Carignan (contrabajo) y Leo Cubiella (bandoneón) secundarán a la artista que hizo de la música su marca personal. Arreglos y dirección Juan Carlos Cuacci. Sol. Do