La chica del Mastín Napolitano

En la esquina de la casa que habitamos por unos meses aquí, en Mar del Plata, los autos deben frenar porque el pavimento tiene montículos que impiden acelerar antes de la bocacalle.

Íbamos al mar, hacia el viento y el sol con salumbre. Salimos despacio con el auto, estábamos cruzando el montículo y mi mujer dice…” mirá esa chica con ese perro, un Mastín Napolitano”…

No es un Mastín -. Dije – que si lo es – me contestó. Callé. Discutir con la pareja siempre es inútil, retrasa el “si, querida, tenés razón”…

No se si era un Mastín, en todo caso confundía, lo parecía. La chica, muy joven no niña ni mujer,  llevaba esas ojotas hawaianas y recordé que ese nombre convertido en marca:”Hawainas”, obligaba a quien lo mencionase en sus avisos para identificar un calzado, como el uso indebido de marca y pagaba derechos de autor. Derechos de autor por una plantilla del tamaño del pié y una tira que sale de adelante, se abre en “Y” cierra a los costados. Un recuerdo lleva al otro. A muchos jugadores de futbol les apodan “ojota”, porque no sirven para ningún deporte.

Mirá, mirá, decía mi mujer, mientras aceleraba hacia la bocacalle y frenaba y tocaba bocina. Es difícil la reacción de cualquiera ante algo externo a la burbuja que es la cabina de un auto. Una burbuja presta la sensación de escudo. El mundo está fuera y en cierta forma es eso. Dentro del auto el confort encerrado junto al que lo disfruta

La chica tenía pelo oscuro, que no llegaba a los hombros. Al perro, mastín o no, lo atacaban un pit bull y otro parecido, dos perros color canela, bajos y peleadores, uno con cinturón en el cuello; la chica gritaba y trataba de subir al pecho, como a un bebé, al Mastín Napolitano. La cadena se enredaba. La pequeña mochila, el morral con las pertenencias de la niña, pantalones muy cortos, se deslizaba de sus hombros, se cruzaba con la cadena, las ojotas no son sencillas para maniobrar en esto que era una huída o una contención, en todo caso una situación poco usada, inusitada. Los bocinazos alertaron a vecinos que miraban, desde sus domicilios, cercanos a las verjas que separan el dentro del fuera.

Ayer nomás, en esa misma calle conversaba con Esteban, así dijo que se llamaba, que paseaba catorce perros, si, catorce, algunos con bozal puesto. Son 900 pesos la semana, jefe, dos horas a la mañana, antes que haga mucho calor, sabe. Tenía piel joven, pelo corto, tonada de ciudad, era uno de los míos; ciudadano del smog que trataba de ganarse sus dineros. Bien, bien.

Había parado en la subida. Esteban hablaba como un muchacho del Gran Buenos Aires, ese país dentro del país, el verdadero “another Country” de Argentina. A 900 pesos por semana los catorce perros  suman mas de 10.000 pesos. En un mes mas que una jubilación para un laburante cualquiera. Corto empleo. Tres meses.

Catorce perros que, según veo las cosas, eran catorce gen/ genes de lobo desvirtuados, degenerados y amansados. Nunca habrá un “gen perro”. Es el del lobo que sabe del macho alfa, del jefe de manada, de la yugular y de la pelea.

Distraído por siglos de confusión algunos lobos se vuelven compañeros, por distracción. Hobbes era un sabio. Recuerdo a Miguel Hernández que dice ”… cuando en la dentadura sientas un arma…” el poeta refiere a una cuestión animal que alguien como Hernández, criado a campo, sabe y entiende. Por eso sus versos en Nanas de la cebolla.

Qué razón deja a esos perros atados con la calma del paseo y qué pistoletazo dispara el instinto de la pelea entre el perro de la niña, que no lograba alzarlo y trastabillaba, acosado por los dos perros sueltos que lo atacaban como sabían: dentelladas. Un arma.

La libertad tiene esos juegos. La niña que se caía, gritaba y lloraba, era una mujer al borde de un ataque de nervios defendiendo un Mastín Napolitano, evidentemente acostumbrado a la comida en el plato y con la incomodidad de la cadena, la existencia de la dueña.

La situación no sospechada. Lo veía manso y pensaba: en las carnicerías de Nápoles eran así de calmos esperando el hueso. No lo se. Con los perros tengo buen trato. Ellos allá y yo acá. No joderlos. Sigue siendo lícito esperar que muevan la cola.

Un camioncito de la Municipalidad pasaba y eso hizo: pasó. Dos muchachos jóvenes gritaron y uno agarró al perro con un collar de cuero al cuello, un peleador con dueño. El otro perro era mas suelto, sin nada, mas calle. El perro de la calle sabe quien es bueno, quien es malo, quien lo pateará y quien no. La calle da otros ojos y multiplica ese instinto animal de sobrevivir, comer y procrear. Poco mas.

Ante la ayuda los perros quedaron a unos metros. Le mordieron una pata, se la quebraron, lloriqueaba la niña de los pantalones cortísimos, las ojotas y el perro en brazos. Despacio se marchaba. Hipaba, lloraba. Nervios. El Mastín en brazos. Muchos kilos.

Volvió el camioncito municipal. El conductor preguntaba por lo bajo que había sucedido, termina el verano y cuando se van – comentó – nos quedan mas de 500 perros sueltos. No sabemos que hacer, todos los años lo mismo.

El mastín napolitano es una raza canina de origen italiano, descendiente de una antigua raza romana, moloso de tipo dogo. Wikipedia. Esperanza de vida: De 8 a 10 años

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Viendo las fotos de las ofertas en internet para mi el perro de la niña no era Mastín pero insisto: para qué discutir por estas cosas.