Fósforos

La velocidad se come muchas cosas, pero no desapareció la llama. Desde las cavernas hasta hoy el fuego es una deidad, un misterio, un peligro y lo común: algo inevitable. El fuego es una llama y así se lo representa gráficamente en muchos sitios del mundo.

Los sobrevivientes de las catástrofes cuentan que, en mitad de los inviernos de la guerra, los crudos y desalmados sitios de la crueldad, buscaban “el humito”. Allí se acercaban a buscar una brasa para llevar el fuego hasta su refugio o allí se quedaban. El fuego, parece obvio, es calor. La raza humana necesita calor. Del bueno.

En los años en que uno llegó el yesquero y la chispa ya eran cuestiones de campamento. Estaban los fósforos. Las cajas, de cartón, eran de dos tipos. Una azul, la otra roja. Ambas muy específicas. Ranchera y Victoria.

El principio era el mismo. Sobre el lomo de la caja una superficie rugosa, acaso arena pegoteada. Esa mezcla con azufre y cloratos, esa pólvora elemental de la cabeza del fósforo, al rasparse se encendía.

Los fósforos Victoria eran de cera, como las velas. Se encendía esa cabeza del fósforo y ardía esa minivela. Simple.

Los fósforos Ranchera tenían igual sistema, pero era un papel enroscado y prensado, pegoteado con una dosis de mini alquitrán la que ardía. Esa cabeza de fósforo era blanca. Los Victoria cabeza roja. Esos eran los “fosforitos”.

Lo lamento, pero los pelirrojos eran eso: fosforitos. También se les decía fosforitos a los rápidos e inteligentes y de mucha chispa. Aquellas similitudes y apodos eran inocentes, deberían creerlo. No eran bromas para la denuncia y el nombre raro.

Los fósforos de madera, en principio, eran importados. La caja de fósforos de madera eran llamados ”de seguridad”. Cuando llegaron tirábamos un fósforo de los nuestros al suelo y seguía encendido. El de madera no. Igual principio. Distinto material. Fantasías de pibe. Cuidado con el fuego. Siempre.

Con los fósforos de madera se han reemplazado ballenitas para el cuello de las camisas (¿ballenitas? Que es eso… Ja. Otra antigüedad) Y los he visto largos, para encender larguísimos cigarros y medianos, para encender el tabaco de las pipas.

Los de madera sumaron una discusión al lunfardo, la timba y la quiniela clandestina. El 22 eran los dos patitos (por su forma) y la caja de fósforos se llamaba los tres patitos (222 fósforos de madera) Ahora el 22 es el loco. A no afligirse, en este tema hay locuras peores. El juego es una locura que acompaña al hombre, que en cada sendero que se bifurca apuesta el porvenir. Todo su porvenir.

Información rigurosa. Un monte mediano de árboles comunes, cualquiera, se calcula por tonelada (para su tala indiscriminada) y lo compran quienes hacen fósforos. Una tonelada de arboleda en pie se cotiza –  hoy –  poco mas que dos, acaso tres cajas de fósforos tamaño familiar en el almacén. Es información cierta y triste; como un  22 y 22: una relocura.

Hace falta recordar una metáfora de la miseria económica:” no tenía ni para fósforos”. El encendedor chino, desechable, arruinó la poesía y cambió la economía. Es una metáfora. Tal vez no. China no es una metáfora.