Enfrente de mi casa hay un kiosquito

Enfrente de mi casa hay un kiosquito abierto todo el día, eso quiere decir también toda la noche. En los días largos y las noches cortas el insomne oye y, si se asoma oye y ve. Soy un insomne.

En la vereda de enfrente de mi casa hay un kiosquito que atienden unos haitianos. Esos muchachos hablan poco y sonríen mucho. Tiene luces de colores en la pequeña vidriera y dos filas de luces blancas en la vereda, una música, tan suave como cadenciosa y permanente, acompaña a quien entra y deja atentos a quienes pasan cerca, hacia la esquina mas cercana en la calle inclinada que lleva hacia el bajo y los tránsitos ligeros. Desde la ventana de la otra vereda se la oye. Vivo en la vereda donde llega esa música.

En la vereda de enfrente de mi casa hay un kiosquito donde paran motos de alta, baja y mediana cilindrada en las madrugadas y despiertan a quienes tienen sueño liviano. Escape y acelerador. El sueño sin sopor se altera y se despierta el que descansa suavemente. Esas motos despiertan, las oigo, soy uno de esos viejos vecinos con ruidos de rutina que tienen sueño ligero. Demasiados recuerdos que no se alejan y los nuevos ruidos los alertan. El kiosco no es una nostalgia y los ruidos alteran una calle tranquila que estas motos obligan al alerta por el misterio de su llegada y su ligero partir hacia el bajo, el río y la veleta de los vientos que los llevará hasta allá, al sitio que sólo el que conduce conoce y que es, apenas, de donde vinieron hasta enfrente de mi casa, donde hay un kiosco que no cierra. Lo se yo. Lo saben ellos. Llueva, truene o llegue el viento no se cierra.

En la vereda de enfrente de mi casa, al costado de un edificio hay un kiosco pequeño que, desde dentro, atienden unos muchachos de quienes se sabe que son haitianos porque los dos pequeños almacenes sobre la misma calle y apenas a la vuelta de la esquina sirven de correo y asamblea y en el barrio se sabe. Todo el barrio comenta, como en un tango o una vieja telenovela, que el barrio es diferente por el kiosco que enfrente de mi casa nunca duerme.

En la vereda de enfrente de mi casa hay un kiosquito que en la mañana abre su puerta y sacan a pasear polvillos, algunos papeles, vasos de papel encerado que aplastados ya no sirven y barren silbando mientras acomodan el paquete en un bolsa plástica, negra, que llevan hasta el recipiente de la esquina, el de color verde.

En la vereda del kiosco, que crece en visitas, enfrente de mi casa paran autos que tocan un pequeño bocinazo, suave y seco, no dos ni tres apenas uno solo, alguien sale y trae hasta la ventana del que maneja el auto y tocó la bocina un  paquete pequeño, que cabe en una mano, el auto apenas si se detiene en el kiosco enfrente de mi casa, en la otra vereda, mi vereda, y que se marcha sin demasiados ruidos; nada de difíciles improperios, parlantes exagerados o risas en exceso, esos conductores de la vigilia de las dos, las tres de la mañana no enloquecen en el auto, ni aceleran el motor, no hay nada extraño en esa gente,  excepto su partida después de estar apenas un minuto en la calle, sobre el cordón de piedra que limita, hacia el asfalto, al kiosco que allí se muestra enfrente de mi casa, iluminado y silencioso hasta que la bocina altera la duermevela.

Hace tiempo escribí tres párrafos para una columna. Los repito.1- “En Rosario, que es una Región donde no hay límites claros, el mapa es uno pero conviven varias poblaciones. Algunos intendentes y presidentes comunales no quieren entenderlo. Otros no encuentran conveniencia en sumarse. Es una región partida, fragmentada y dispersa en objetivos, lo que favorece cualquier sistema parasitario que encuentra, por esta razón, numerosos flancos”.

Repito la 2- “En el arco que va de San Nicolás a Casilda, Cañada de Gómez, hasta San Lorenzo y Puerto San Martín quedan saludándose mas de 1.600.000 habitantes reales. Otros dicen 2.000.000 pero la numeritis es una enfermedad que no nos afecta”.

Esta es la 3- “El GPS de los autos de alquiler de Rosario, obligados por Ordenanza Municipal a estar activos y conectados a una central estatal, guardaron siempre la traza de los circuitos de la noche. Siempre. El estacionamiento de los autos policiales, también con GPS lo certificarían. Siempre, que es nunca.  Los “Delivery” de la droga no son mentiras. Aquel famosísimo auto estacionado en la vera del “Barquito de Papel”, excepcional escultura hacia la nada en la zona de los grandes edificios sobre la costa, no era un sueño de cualquier madrugada. Era una central de venta con altísima facturación, liberada y custodiada. Já”.

Cerraba aquella nota con una reflexión tan tonta que puedo repetirla, para demostrar que la tontería es incurable: …”Hace algunos años escribí que el Siglo XX dejó dos deudas. Justicia Social y Democracia Plena. El Siglo XXI le agregó Corrupción Estructural, Violencia Urbana y Código Narco. Son cinco títulos y un solo problema verdadero: el porvenir. Si nadie se quita la venda de los ojos seguirá la zozobra. La Región Rosario tiene un oscuro porvenir”.

Es en este fin del 2021, cuando los autos, las motos, la música caribeña enfrente de mi casa se empeñan en algo sencillo, existir quitándome el sueño que reapareció ese texto escrito hace un tiempo atrás.

El Dios Cronos tiene su propia cura. Con el tiempo me curaré, dicen los boticarios, con alguna pastilla para el insomnio, único remedio para retrasar el recuerdo y advertir que hay, que estaba, que sigue/seguirá un kiosquito enfrente de mi casa. Nada que altere el paisaje, un kiosquito, apenas un kiosquito en aquella vereda de allá, desde mi ventana justo enfrente.

Me siento parte de un cortocircuito de mis neuronas que, al volver a lo mismo, pueden sostener que es un Deja Vú ¿Es muy loco escribir que frente a mi casa hay un Deja Vú?.