El Pancita

Nunca pude recordar bien el nombre. Pancita, El Panza. En el viejo y desaparecido, pero no olvidado, en el viejo, desaparecido y no olvidado bar Sol de Mayo el Panza era parte de sus días y sus noches. El Panza levantaba quiniela y le faltaba una pierna. Usaba poco la muleta. Daba vueltas al billar acompañándose con el taco. Jugaba al billar y perdía. Era chinchudo. Así se decía al mal carácter. Tenía derecho a tener mal carácter. En los bares de hombres, aquel era un  típico bar de varones, el mal carácter se justifica. O se resuelve a trompadas. Nadie se peleaba con el Panza.

¡Qué bar aquel bar! Era el bar de los que levantaban apuestas a las carreras y hasta ponían una banderita verde si en el hipódromo se demoraba el resultado y no levantaban rápido las chapas. El bar donde recalaba Soplito, el cana que manejaba un taxi Merceditas (Mercedes Benz de la época de Perón). Purgalo, le dijeron y le trajeron aceite de ricino. El Merceditas tosió mucho y se paró. Ahora tenés que esperar que desagote le dijeron. Es como los chicos, le acotaron. Por años estuvo la broma. Soplito está esperando que el Merceditas haga caca. Hacéle provechito, Soplito! Juá.

En ese bar a Carlitos ‘la Española’ (como le decían), dos disfrazados de médicos lo curaron del mal. De feroz hincha de Ñul lo revisaron, estetoscopio y delantales mediante, le tomaron la presión sanguínea y diagnosticaron: Si te hacés hincha de Central te curás. Y Carlitos ‘la Española’, hermano de los hermanos García, fenomenales hinchas de Ñul (Quique y Oscar) se volvió hincha de Central. Armaba y desarmaba su pañuelito paseándose al borde de la cancha, en la vieja cancha de Central: “Taba enfedmo cabecha”, -decía Carlitos. Un down que jugaba al billar, al dominó y su especialidad: El truco mano a mano sin cartas.¡Qué bar ése bar! Desde entonces tengo como conducta que los Down son iguales, mas queribles, integrados y que, como “Carlitos la Española” la falta de odio interior los vuelve hermanos inseparables de una buena vida.

El Pancita tuvo un grano, una dureza, algo en la pierna que no se curó. Desatención, mala praxis, la casualidad del destino, burlándose y esas cosas que en los cafés, de tanto escucharlas, uno ya ni las pregunta. Cuando jugaba al 173 (el número de mi vieja)me miraba a los ojos para saber si era broma (el 73 es “el rengo” en los sueños) Nunca gané con el número de mi vieja. Maldiciones del pancita, seguro.

Pancita Biagioli fue uno de los mejores y más espectaculares ‘fulbá centro’ que ví en mi vida, de un mitológico equipo de Rosario Central. Sacaba todo fuera del área, pelota, jugador, esperanzas de tranquilidad a los atacantes del equipo contrario. Qué fulbá señores, que fulbá. También jugó en Estudiantes de La Plata. Qué atlético. Que expeditivo. Patrón del área. Escribo esto tontamente, con los ojos nublados. No era bueno jugando al billar.