El “Caso Loan” nos desnuda a todos

En una hermosísima canción, con una melodía como un rulo que se repite y se repite, pequeña fuga casi tropical, Chico Buarque dice: «Oh, que será, que será…” y comienza una serie de versos como acertijos con la definición (imposible) del amor que, como sentimiento tiene esa prioridad: nadie lo puede definir o, siguiendo a Chico Buarque, no tiene principio ni tiene final.

El “caso Loan”, con más de 23 días en funciones en los medios radiales, televisivos y de papel (en las redes peor) se lleva las mediciones. Se trata de un niño (5 años) que en mitad de una sobremesa correntina (9 de Julio la población) desapareció. No es el primero, ojalá sea el último, pero sabemos que no. Este se convirtió en especial. Hombre y circunstancias. Varias circunstancias.

Desde entonces (su desaparición) todas las especulaciones posibles se han presentado. Los medios han desarrollado hipótesis y supuestos desenlaces sin cesar. Discusiones entre colegas, la presencia de abogados de alto impacto en eso, en los medios, como actores protagónicos de la gesta, de la epopeya, de la épica, Usted elija, todas las adjetivaciones van sucediéndose. Es una desaparición. Eso es cierto.

En los primeros días hice un pequeño “podcast” planteando que se trataba de seguir el valor mediático, la medición del tema. Fue un error. Mide muchísimo. No es eso. Hay algo más.

La presencia de equipos y más equipos de todos los canales y todos los días obliga a rectificar y abundar en los interrogantes.

Como antecedentes dos, de distinta procedencia pero con similares desarrollos, esto es, convirtiéndose en eje de las comunicaciones públicas. El caso de Los Mineros Chilenos y las rutas argentinas y “la 125”. En ambos hechos todos los medios con equipos permanentes por días y días. Uno sirvió para un impresionante desarrollo presidencial. El otro para una grieta que aún se siente en Argentina.

Con los años uno advierte que esas dimensiones no se pueden cerrar o que, claramente, desatan fuegos que no se pueden controlar (los orientales así lo aconsejan, no encenderlos si no se sabe… etc.)

Hoy parece cierto que la población de 9 de Julio nunca más será igual, que sus personajes han salido de caja, que aquello que representaban no podrán retomarlo.

Hay una clara violación del silencio, de los sobreentendidos y de las inocencias que cierran las vidas sencillas de sitios como el mencionado. Los 15 minutos de fama de Andy Warhol en traducción de guaraní atravesado con castellano avejentado y los promeseros.

No se puede pedir que los cronistas, que claramente van por la noticia y el mandato de las Casas Centrales, tengan el mínimo pudor por los rituales del país profundo, profundo y desflecado, lleno de parches y ropa sin planchar. De gestos que vistos desde los cielos del smog se entienden diferente. Cómo explicar una «ranchada”.

Hoy las cosas que suceden en la pantalla son al menos dos. De un lado la búsqueda del niño y convendría que muchos dejen de usar tiempos de verbo que desaniman: “aquí vivió” no es “aquí vivía”, pero es demasiado sutil cuando se llevan 12 horas de cobertura. La otra cuestión que la pantalla presenta (puesta como eje del fenómeno) es el país que asiste a esa violación de toda forma sencilla y descuidada de vivir. Nunca entenderán que hasta las picardías son otras, como el lenguaje y los rituales. Eso se perdió.

Esa población, entera, está desnuda. No se ha ganado como denuncia de la pobreza y costados feudales. No se ha ganado en libertades individuales. Se ha vivido, en este momento aún se vive, como una serie de capítulos de algo que no tiene principio ni final. Qué será…

El recurso del método: incorporado a la forma del relato presidencial (algo diferente todos los días, para que el sujeto siga en el centro de la escena) el tema del pibe es parte ya de la cotidianeidad y se registra como un hábito, la novela de esas vidas enfriadas en la pantalla que deben actualizarse dos veces por jornada.

Algunos pensarán en una pequeña serie donde la ficción ordene las cosas que la vida mínima y la impudicia máxima desataron.

Otros, acaso demasiado obstinados en la paranoia comunicacional seguiremos preguntándonos que hay por detrás. Me invade la misma sensación que sentía cuando el prestidigitador manco, René Lavant, decía: «no lo puedo hacer más lento»… y no descubríamos el truco, que el prestidigitador advertía que existía, pero nunca contaba ni el cómo ni el porqué. Eso es Loan. Oh, que será.