Cristal

Quien pase hoy por la calle de la ciudad, la Peatonal Córdoba, no puede imaginarse, entre tantas cosas en el suelo (ventas, cobijas, mantas de vendedores ambulantes que no deambulan) que hubo una confitería llamada Cristal.

En la Peatonal hay cosas en el suelo, cosas previsibles, como los vendedores de paraguas al paso cuando llueve, el grito de “chipacitos” que ya obtuvo categoría de “rintones” (ese sonido que los teléfonos pueden seleccionar, se escribiría ringtones pero si se entiende como se pronuncia…) también hay, en la Peatonal, cosas contra las paredes como los kioscos de cigarrillos, pastillas y cospeles, monedas y recargas. Había un ciego hace unos años. En un portal. Durante 12 horas. Una vez cronometré su tiempo:” una limosnita para este pobre ciego por el amor de Dios”… tardaba once segundos. Así por 12 horas diarias.

Un kiosco, uno solo, termina haciendo canje de sus ventas por mas de dos millones de pesos en el BMR (Banco Municipal de Rosario) por las tarjetas de las ventas prepagas de los colectivos pero el porcentaje es tan mínimo que no se hace rico, aunque consigue que circule gente por su esquina. Eso es parte una riqueza diferente.

En la zona mas central de la Peatonal Córdoba, en los altos de una galería, había una confitería: Confitería Cristal. Las bandas locales amenizaban (que palabrita y que verbo: amenizar) y tal vez alguno lo niegue o no quiera recordarlo, pero allí empezaban muchas historias. Destinos musicales, final de algunos cantantes, con futuro de mozos o de bancarios y /o empleados de comercio que advertían que el contrabajo no era su destino. El fin de mes apretaba a todos por igual. Medalla: algunos empezaron su “rockear” en “La Cristal”

Había que “vestirse” para ir a la confitería. Y tener dinero para el trago. Comenzaban los tragos. De hecho que no existía el wisky del modo que hoy se conoce. Se permitía fumar. Se iba en grupo. Todos sonreían y las promesas eran aquellas que ya cantaba Gardel: …” una promesa y un suspirar”…

No quedan muchos ecos en las calles del centro de sitios como esa confitería. No quedan conjuntos animosos, bandas que estrenaban canciones, vestimenta y guitarra importada.

Los menos atrevidos o mas pobres, donde resulta necesario decir presente por ambas razones (me resulta), escuchábamos desde la calle. Una calle donde aún estaba la vereda, el cordón y el pavimento. Se decretaba “Peatonal” a ciertas horas de algunos días. No siempre.

Aún existía algo tan inusual en este siglo XXI que avergüenza escribirlo pero es un dato preciso: “ la vuelta del perro”. Consistía en ir hasta “La bola de nieve” , el bar aquel de Córdoba y Laprida, bajo la mismísima alegoría puesta encima de las buhardillas del edificio y, al paso cansino por el giro hacia la nada, regresar hasta El Augustus o La Bolsa de Comercio en Corrientes y Córdoba. Una, dos, tres veces.

A cierta hora, de algunos días, al atardecer, cuando aún pintaba romanticismo en la ciudad y anochecer en el centro, no era peligroso para la cartera, la humanidad y el alma, el sitio era Confitería Cristal.

Cubana o Paddy para la simulación del wisky. El cigarrillo y la espera para aquella que nunca miró, nunca vino o lo inconfesable: se fue con otro. En la confitería es un clásico. Es otro. Como la vida, que al menor descuido suele irse con otro.