Bacterias

Parece tan sencillo que asusta. Una bacteria rebelde, una bacteria de quirófano, de esas que no le hacen caso a nada, menos que menos a los antibióticos, y un país queda al borde  de algo que no conviene mencionar.

El doctor David José Feldman compartía una vieja mesa de cartas (póker) y nos repetía una frase  sabia y perfecta. Todo el mundo tiene la edad de sus arterias. Podríamos agregar, con atrevimiento, que todos dependemos de la asepsia y la rebeldía bacteriana. David (el ruso) la complicaba porque simulaba tener una escalera real y siempre le faltaba un peldaño en los juegos de cartas de las noches de los viernes, pero esa era una mesa de divertimento que el sueño se llevaba a la madrugada.

Las bacterias no. Esas no duermen, son como la ambición. Hay una pregunta que no deberíamos hacernos. Tomábamos agua de pozo, bebíamos 10 de la misma damajuana y sobrevivíamos. Aquella infancia nuestra era absolutamente contaminada. Creo que las bacterias estaban distraídas.

Una salmonella, entonada con los vítores de los rebeldes, una “scherichia colii” que soñara con asaltar el palacio de invierno y vivir en los 10 días de octubre que cambiaron el mundo y la cosa se hubiese puesto fea para Lenín y John Red. Ni hablar de Sierra Maestra.

El asunto no es sencillo desde el lado que se lo mire. Las bacterias no tienen sueño. Tampoco se las mira fácilmente. No se las ve. Directamente no se las ve. El peor enemigo, se sabe, es la ignorancia.

Aquellos santos varones que duraban muchos años vencían no solo en las batallas, también en las comidas. O perdían las batallas pero no los doblegaban las ollas de guisotes de campaña. Minga de aguas purificadas y estofados veganos. No se conocía la libertad del gluten. Vamos, que no se conocían muchas libertades.

La historia no refleja a esas misteriosas habitantes de la flora intestinal, dueñas del constipado y la llovizna pero ellas si, sin dudas, han tenido lo suyo en las historias, en todas. Cuando encuentran tumbas de 4.000 años atrás aparecen como lo que son: causa de vida o muerte. No tienen una página dedicada, un asterisco a pie de página y sin embargo de ellas ha siudo el mundo del ayer, del mundo del que provenimos. Y este mundo también, obvio. Apurémonos. El mundo del mañana es  electrónico y bacteriano.

Lo ideal, lo verdaderamente ideal para la democracia es pedir, como siempre, la Declaración Jurada de Bienes antes de entrar a un cargo público. El reactivo prostático, el Papanicolau muchacha, el certificado de los papilomas, el de colonoscopía, el de cáncer de mama y tantos otros que aquellos, los verdaderos Padres de la Patria (San Martín y los suyos) en el apuro por ser héroes no alcanzaron a entregar a “la seño” de primer grado.

No podemos descuidarnos, como ellos, que se encomendaban a la bondad bacteriana. Deberíamos ser justos y reconocer, finalmente; bacterias eran las de antes. Sabían a quien perdonar.