Es el 24 de setiembre del 2020 – El corazón se fue

Sentado en el living, frente al televisor, los ojos ya no miran esas imágenes, apenas son colores y lo que dicen los personajes sonidos que no traen furia ni paz.

Sentado en el living cerca está el jarrón con agua y el pan tostado. Hay comida en la heladera pero elegí el tibio pan tostado y el agua que se puede mirar sin equívocos. Digo, agua que transparenta los colores de la pared, los muebles, el cuaderno de notas. Pronto tendré que escribir.

Escribir es un verbo que empuja, que deja atrás los sonidos, los colores del entorno y sumerge los ojos en aquello que la palabra sobre la palabra va tejiendo. Escribir es la cárcel elegida para pasear la humanidad donde habito sin preámbulos. Cuanto creí que advertía la vida y sus curvas caprichosas ya estaba dentro de este cuerpo y sus vaivenes.

Escribir es escaparse lejos. Mismo que los sueños. El despertar de los sueños trae un instante en el que el cuerpo aún vaga con otros relojes y, con la empecinada rutina de los glóbulos, golpea la simple vida a la puerta de los ojos que deben abrirse y empezar la rutina. Uno quisiera quedarse ahí en el límite pero el horizonte es este.

En la Peste en mi Pago decidí afrontar el juego con ese mandato. Escribir. La Peste es un azar de doble entrada. La muerte es una certeza que esquivamos y La Peste una apuesta a que también la demoramos.

Qué se puede decir, fuera de la ciencia, de una Peste. Ni se la ve ni se la conoce y apesta. Aún la ciencia esquiva las palabras. Escribir sobre La Peste es el caminito para escapar del azar y su llegada.

Es la poesía el punto mas alto e incandescente de la revolución decía Aimée Cesaire y por allí deberíamos salir al aire, pero es en el aire donde se juega la apuesta, respiración a respiración entre el se puede y ya no se puede más.

La Peste trajo todos los pasados a este living. Los míos, los de mis padres, estoy en estos pagos desde el 1830  y antes en alguna parte pero que importa, la sangre viene dando giros y poniendo una certeza: seguirá. No seré yo, seguramente otros. No serán otros, inciertamente alguien que traslade la especie.

La Peste puede con nosotros y desafía el qué dirán porque deja llorando y con escupitajos en la soledad de un cuarto al infectado que porta el mal.

Recordatorio del Mal y el Bien. La Peste no vence a la especie y apenas si advierte que no se domina el almanaque, ni la tierra y los océanos y que una partícula, menos que vida plena, girando por el aire, deja en suspenso el porvenir de todos mis suspiros. Esa advertencia es sabia, cruel, inusitada, no la esperábamos pero no tiene retroceso. Sucede, seguirá por un largo tiempo, cambiará los verbos, el idioma, los recuerdos.

Aquí me quedo, mirando la jarra con agua y oliendo a pan tostado, un olor necesario para traer la lejanía del trigo a esta sala y esta memoria que no se marcha. Yo si me voy. He abierto la ventana. Mi corazón se fue.  Ojalá vuelva.